31.12.2025.- Para la red Justicia en Minería este año 2025 ha sido un año de transiciones y pequeños avances que invitan a mantener la esperanza. Una esperanza más necesaria que nunca en un mundo marcado por la creciente polarización política, la vuelta de la geopolítica, el negacionismo climático y los discursos de odio hacia los migrantes y refugiados. En nuestra última entrada del año te invitamos a repasar algunos de esos momentos: los más oscuros, pero también los que nos iluminan en nuestro camino.
Un año turbulento
La esperanza no puede construirse negando la realidad, por mucho que esta realidad duela. En este 2025 el mundo ha experimentado un auge en la conflictividad internacional. Ucrania y Gaza han ocupado las portadas mostrando las cotas de indignidad que puede alcanzar el ser humano. Pero muchas otras guerras olvidadas se han recrudecido igualmente en Sudán, en el Este de la República Democrática del Congo o en la frontera entre Camboya y Tailandia. A la pérdida de vidas humanas hay que sumar las vidas rotas de cientos de miles de personas que han perdido sus hogares y se han visto obligadas a buscar refugio. Mientras todo esto sucede, muchos países están militarizando sus fronteras, y suenan tambores de guerra que amenazan con llevar la violencia a nuevos territorios.
En este contexto, hemos sido testigos de un cambio significativo que interpela directamente a quienes trabajamos junto a comunidades afectadas por la minería y el extractivismo. El argumento de la necesaria transición energética, utilizado en los últimos años para acelerar la extracción de minerales críticos (como el litio, el cobalto, el cobre o las tierras raras), está dando paso a una nueva narrativa que vincula estos recursos con las industrias armamentísticas, la seguridad nacional y la autonomía estratégica. En un contexto en el que la geopolítica parece imponerse sobre los territorios, resulta más urgente que nunca reivindicar el derecho de las comunidades locales a decidir sobre su propio futuro y a plantear las preguntas necesarias —¿A quien beneficia esta minería? ¿Cómo se van a ver impactadas nuestras vidas?—, por incómodas que sean.
Precisamente por hacer preguntas como estas y defender la vida y el territorio, el pasado año 2024 fueron asesinadas al menos 145 personas, la mayoría (el 82%) en América Latina. Según cálculos de Global Witness, la organización autora del informe, se estima que desde 2012 han sido más de 2.200 las víctimas por el único delito de hacer valer sus derechos. Es inevitable recordar la voz profética del papa Francisco, a quien también despedimos este año, al denunciar la insostenibilidad de “una economía que mata”. Las muertes de todas y cada una de estas personas, y el dolor que se inflige a sus comunidades y territorios, son el resultado de un sistema económico que pone el beneficio y el interés particular por encima de la vida humana y el bien común. Es trabajo de todos y todas construir otras formas de relacionarnos, más justas y sostenibles, con nuestro prójimo y con la casa común.
Motivos para la esperanza
Pese a todos estos retrocesos, la trigésima cumbre del clima (COP30) celebrada en Belém do Pará (Brasil), del 10 al 21 de noviembre, también nos ha dejado imágenes para la esperanza. Durante más de un año cientos de organizaciones se han preparado para participar en las negociaciones oficiales de la Conferencia de Naciones Unidas para el Cambio Climático, así como en la Cumbre de los Pueblos (del 12 al 14 de Noviembre), que reunió a miles de líderes comunitarios, sindicalistas, representantes indígenas, afrodescendientes y activistas de diversos movimientos sociales y organizaciones de la sociedad civil.
La frustración que buena parte de la prensa ha reflejado en relación al documento final de la COP30, en el que se evita la referencia al abandono de combustibles fósiles, contrasta con el espíritu de colaboración y solidaridad que se vivió en Belém. Aunque Brasil, como país anfitrión, ha hecho un esfuerzo significativo por incluir el mayor número de voces en las negociaciones, sigue habiendo mucho por hacer. En esta COP30, por poner un ejemplo, las organizaciones ecologistas han denunciado la participación de alrededor de 1.600 lobistas petroleros en las negociaciones, mientras que solo 360 representantes indígenas fueron acreditados para acceder a la zona azul. Las imágenes de un grupo de líderes indígenas rompiendo el cordón de seguridad de la entrada al final de la primera semana, nos recuerdan que las voces de quienes están más expuestos a la crisis climática y sus consecuencias, siguen situándose en los márgenes. Hasta que no se encuentren formas de agilizar los procedimientos decisorios y asegurar que todas las voces sean escuchadas dentro de los espacios de poder, los balances de las COPs seguirán siendo decepcionantes para muchos y objeto de críticas para la mayoría.
Y sin embargo, pese a la lentitud de los avances alcanzados en las negociaciones oficiales, no podemos menospreciarlos. Como tampoco se puede ignorar a las miles de personas que participaron en la marcha por el clima para dejar un mensaje alto y claro: ¡la naturaleza no es una mercancía! Campesinos, sindicatos, pueblos indígenas, organizaciones de base, grupos de jóvenes, colectivos feministas y un sin fin de agrupaciones y movimientos sociales seguirán haciendo lo que siempre han hecho: resistir y ofrecer alternativas para el avance de los derechos, la protección del planeta y la defensa de la vida.

De igual manera, cabe destacar la presencia multitudinaria de las Iglesias católicas en la COP30, representadas por laicos, religiosas, cardenales, obispos, clérigos, movimientos pastorales, organizaciones juveniles, ONG y muchos más. El resultado de esta confluencia se ha traducido en la publicación de un comunicado conjunto en el que alrededor de 400 organizaciones católicas de todo el mundo, incluida nuestra red Justicia en Minería, renuevan su compromiso con el cuidado de la casa común y la conversión ecológica. A la vista de estos movimientos de fondo, podemos decir que la COP30 acabó, pero el espíritu de unidad en la diversidad forjado en Belém continuará con nosotros por mucho tiempo.
Caminando juntos hacia 2026
En 2025, la red Justicia en Minería ha conseguido mantener viva la esperanza gracias a la participación de los representantes de cada Conferencia Jesuita en el grupo motor de la red. El testimonio de su trabajo y el esfuerzo colectivo para conectar la Global Ignatian Advocacy Network (GIAN) con los centros sociales, las Universidades y las organizaciones jesuitas de todo el mundo que promueven la justicia socioambiental en contextos afectados por la minería han sido fundamentales para consolidar esta misión común.
Gracias a su esfuerzo, en la primera mitad del año pudimos actualizar el mapeo prioridades temáticas de la red. Obtuvimos respuesta por parte de 21 instituciones y nos ayudó a identificar tres prioridades temáticas claras para los próximos años: 1) la promoción de la ecología integral en contextos afectados por la minería; 2) la protección de las personas defensoras de derechos humanos y medioambiente y 3) la necesidad de repensar las transiciones energéticas desde la justicia socioambiental.
Asimismo, la red contribuyó activamente a la Campaña Jesuitas por la Justicia Climática rumbo a la COP30, impulsada por la Red de Ecología Integral y apoyada por el Secretariado por la Justicia Social y la Ecología (SJES). Gracias al respaldo de la Fundación Alboan y Jesuiten Weltweit, fue posible financiar la participación de dos personas en la delegación jesuita enviada a la COP30 de Belém. Junto a organizaciones como Amazon Watch, MISEREOR y CARF participamos en una mesa redonda en la “zona azul” sobre minerales críticos y transiciones energéticas, y estuvimos presentes en otros espacios alternativos, fortaleciendo redes y alianzas que nos permitan, junto a otros actores, seguir construyendo un mundo más justo y sostenible.
Queremos expresar nuestro sincero agradecimiento a todas las personas, comunidades e instituciones que han hecho posible este camino compartido durante 2025. Confiamos en que 2026 nos encuentre fortaleciendo alianzas, profundizando nuestro compromiso y renovando la esperanza en la construcción de una justicia socioambiental que ponga en el centro la dignidad de las personas y el cuidado de la Casa Común.



Nuevo lanzamiento – Aproximaciones católicas a la minería: un marco para la reflexión, la planificación y la acción
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